domingo, octubre 19, 2008

El musical ye-ye





Mortadelo y Filemón The miusical. Teatro Tivoli de Barcelona, desde el 4 de setiembre.

En la ciudad condal han proliferado últimamente los musicales coca-cola, auténticas franquicias de productos internacionales que han servido para crear una incipiente industria (y star-system, gracias a ciertos programas televisivos) del teatro musical. El negocio es redondo para los productores, ya que ademas de recuperar el dinero con total seguridad, los mismos musicales se intercambian con Madrid de una temporada a otra y se puede acabar de hacer caja al año siguiente.

Todo esto que acabo de decir no es negativo, ni criticable en sí (quizá con la única excepción del antiguo palacio de deportes "habilitado" como teatro, cuya incomodidad y dificultad de visibilidad constituirian objeto de delito en cualquier otro país civilizado). Pero como he dicho tiene que servir de colchón, de industria para otros montajes más arriesgados, pequeños o no, que innoven y que aporten creatividad para los que buscamos algo más allá de la chispa de la vida. Por eso es muy importante que surjan propuestas autóctonas como la que vamos a comentar hoy.

¿Vale la pena gastarnos el dinero de la entrada Mortadelo y Filemón the Miusical? Mi respuesta es que sí, por varias razones. Porque el despliegue de medios y efectos especiales no tiene nada que envidiar a las franquicias (los cambios de disfraz de Mortadelo: espectaculares: mecionamois aquí a Jacobo Dicenta por su magnífico trabajo)), porque conserva intacto el espiritu gamberro de los personajes de Ibañez (ámpliandolos y mejorándolos, como en el caso de Ofelia o la reina de Inglaterra), porque cualquiera puede encontrar su motivo para pasarlo bien (y su canción)...

Los autores (Carlos Martín y Juanvi Pozuelo) consiguen dar un enésimo giro argumental a las aventuras de ambos detectives sin que el espéctaculo chirríe en ningún momento, con un tipo de humor (por fín!) no siempre políticamente correcto pero apto para toda la familia. Se integra a varios otros personajes de los cómics de Bruguera, se reviven los años 70 sin que haya que justificar nada, todo funciona por la magia del teatro. 

Y de eso es de lo que se trata.


sábado, octubre 04, 2008

Yo vi crecer al comunismo

Rock'n'Roll. Sala Fabià Puigserver del Teatre Lliure. Hasta el 19 de Octubre








(C) foto: Ros Ribas

¿Qué tienen en común el rock and roll y el comunismo?
¿Se puede articular una narración de lo que el historiador Eric Hobsbawm llamó el siglo corto haciéndolo coincidir con el nacimiento y caída del comunismo a base de conflictos personales, sentimientos encontrados, poder drámatico al fin y al cabo?

Tom Stoppard, el autor inglés, lo consigue con este texto magnífico que hemos podido ver en el Teatre Lliure en adaptación de Àlex Rigola.

Trabajar con un texto tan completo y lleno de referencias puede parecer fácil, pero al mismo tiempo pone el listón muy alto a actores y directores. La obra se estructura en dos partes: la revolución del 68 con sus consecuencias en Praga y la caída del muro de Berlín. Lo vivimos a traves de una familia inglesa (cuyo backyard es casi siempre sinónimo de la Arcadia perdida que buscaban los autores marxistas) que protege a un joven profesor checo que sin embargo decide volver a su país cuando la primavera de Praga le alberga unas esperanzas que aún han de tardar en cumplirse. Destacan Lluís Marco, como catedrático británico estalinista que representa en el mismo la historia del comunismo (ha nacido en el mismo año que la revolución bolchevique), Joan Carreras como Jan, el profesor checo, y Chantal Aimée, la hija del profesor británico destrozada y atormentada por todos los ismos del siglo XX que ha tenido que vivir en su casa. Pero hay más, mucho más. Todos los intérpretes tienen su momento estelar, lo que quiere decir que todos los personajes tiene algo que decir, como Rosa Renom como enferma terminal que lo ve todo tan claro por su proximidad a la muerte.

La escenografía, como siempre en el Lliure, está magnificamente resuelta. Para acercarnos a personajes tan complejos, las gradas estan a dos lados del escenario de manera que siempre participamos de la intimidad de los personajes estemos donde estemos sentados. El jardín inglés cambia a la habitación checa de una manera tan mágica como potente desde el punto de vista de la dramaturgia. Dramaturgia que consigue que veamos siempre lo que pasa: los intérpretes bailan de un modo invisible para que en cada momento el público de ambas gradas pueda comprender y diseccionar sus sentimientos. ¡Qué mérito!