L'orfe del Clan dels Zhao


De Ji Junxiang
Cia. La Perla 29
Julio Manrique, Pablo Derqui, Borja Espinosa, Lluis Marco, Marta Marco, Ernest Villegas y la música en directo de Joan Garriga.
Dirigida por Oriol Broggi. Notable iluminación de Pep Barcons.
Hasta el 11 de mayo en el teatro Romea



Menuda propuestaza la que nos hacen la Cia La Perla en el Teatre Romea. Se trata de la primera obra dramática china traducida y representada en un idioma occidental, en el año 1731 y en francés, pero que fue escrita en el siglo XIII, inspirada a su vez en una historia real de la época de "la primavera y el otoño" (771-476 aC). Una historia potente, como para sobrepasar los siglos y llegarnos a nosotros tan fresca, que si Shakespeare hubiese conocido hubiera tomado prestada para una de sus tragedias: una rivalidad personal y política resulta en la exterminación de todo un clan (300 personas), pero un niño que acaba de nacer, el orphelin que da título a la obra, nace destinado a vengar dicha limpieza étnica, que es como llamaría la prensa de hoy en día.

¿Tragedia? El público que está llenando merecidamente el Romea todos los días queda atónito ante la dimensión, la magnitud de los hechos narrados. Estrictos códigos de honor y éticos que sobrepasan generaciones, territorios e imponen su lógica dramática y parece dejan poco espacio para más tristeza, más muertes en una sociedad feudal donde los personajes no son dueños de sus destinos. Público atónito en la primera media hora de función, sin saber que más puede suceder, como se va a aliviar tanta tensión. Yo diría que es lo siguiente, hipertragedia. Terrible por ejemplo es cuando uno de los personajes le dice, casi le grita, al huérfano de apenas un mes, que tendrá que desollar a quien acabó con su familia cuando sea el momento.

Aquí tenemos a Pablo Derqui (¡qué villanos más redondos compone este hombre!), expresión de una crueldad sin parangón que hace a cualquier malo maquiavélico un angelito a su lado. Y como conmueve Julio Manrique en su personaje clave de médico ambulante, moviendose siempre entre lo que quiere y lo que debe hacer, sufriendo y haciéndonos sufrir toda la obra.

Una escenografía minimalista, casi solo de luces, que nos ubica por igual en un jardín que en un bosque, que en un palacio de cien puertas, está brillantemente puesta al servicio de las palabras que fluyen en una excelente traducción y versión. Los interludios musicales de Joan Garriga son deliciosos y justamente administrados a lo largo de la función.

Quizá la sorpresa más grande de la temporada en Barcelona, no hay que perdérsela.


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