El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes
De Miguel Alcantud, basado en la novela de Tatiana Tibuleac
Con Juan Díaz
Juan Díaz, actor curtido en los platós de televisión que mantiene un idilio constante y riguroso con las tablas, sostiene con aplomo El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, adaptación teatral de la aclamada novela de Tatiana Țîbuleac.
Sostener un monólogo durante hora y cuarto no es tarea menor, pero Díaz domina la escena con una solidez incontestable. Encarna a un pintor que proyecta, desde el inicio, la grieta de un desequilibrio psicológico —o al menos las secuelas de una perturbación ya cicatrizada—. A través de su relato se despliega el núcleo de la obra: la urgente y dolorosa reconciliación con su madre agonizante durante un último verano compartido. Pese a la dureza del tránsito, la propuesta esquiva el dramatismo gratuito para cerrar con un oportuno poso de luz.
Uno de los aciertos más estimulantes del montaje radica en el gesto plástico: el protagonista pinta en directo ante el espectador, convirtiendo cada trazo en una rendija por la que escudriñar sus traumas más profundos.
Tras un amplio recorrido por la geografía española, la propuesta alcanza en esta etapa un punto de madurez y precisión indiscutibles. Díaz no solo respeta la pulsión narrativa del texto original, sino que la ejecuta con una maestría y una contención impecables. Una pieza sólida, de impecable factura, cuya recomendación por mi parte resulta imprescindible.




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