Maribel y la extraña familia



Este verano ha vuelto, con notable éxito, la que posiblemente es la obra más celebrada de Miguel Mihura, de la mano de Gerardo Vera, otro afamado director. En ella un joven de provincias desdichado en el amor va a Madrid a buscar una esposa con el conchabamiento de su (venerable) madre y su (anciana) tía. Pero su inocencia le impide distinguir las chicas buenas de las malas, conociendo a Maribel.

En los años cincuenta fue tan popular que hicieron una película, que contaba con prácticamente el mismo reparto que la producción teatral que la inauguración: Nombres tan importantes como Julia Gutierrez Alba, Maria Luisa Ponte, Lali Soldevila en teatro o Gracita Morales en el cine dan una idea de la envergadura de esta obra.


Como todos los textos buenos, yo diría que casi clásico, envejece bien y se ve con gran diversión en el siglo XXI. Al fin y al cabo, la discusión sobre el freakismo o la peligrosidad de la gente "normal" son temas recurrentes en series de televisión como Weeds o en directores como John Waters. Pero ese es el tema del primer acto, el segundo y el tercero van a dar giros inesperados que nos harán pensar en otros aspectos de la condición humana, como la eterna envidia de lo que no se tiene, la desconfianza entre dos maneras de entender la vida o el deseo humano de prosperar y llevar una vida "normal", dando de este modo una unidad temática al principio y al fin de la obra.

El director resuelve los casi 60 años de diferencia entre su público y la obra con algunos acentos en detalles de la vida cotidiana y vocabulario de la época, que si bien están en el texto, se encarga de enfatizar para añadir más humor a la comedia, así como la inclusión de ciertos números musicales a modo divulgativo y escénico, como para ponernos en situación. Muy bien.

En cuanto al elenco, ninguno destaca a nuestro juicio sobre los demás, aunque seguro que los espectadores recordarán más a Sonsoles Benedicto y Alicia Hermida por lo entrañable y agradecido de sus personajes.



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