L'òpera de tres rals
De Bertolt Brecht (con la colaboración de Elisabeth Hauptmann). Música: Kurt Weill. Traducción: Marc Rosich.
Reparto: Nao Albet, Roc Bernadí, Marta Bernal, Arnau Boces, Pablo Capuz, Marc Domingo, Joan Esteve, Eduard Farelo, Clara Mingueza, Miriam Moukhles, Biel Rossell, y Júlia Truyol.
Dirección escénica: Marta Pazos. Dirección musical: Dani Espasa
Teatre Lliure. Barcelona.
Adaptar un clásico teatral es siempre internarse en un campo minado. Cada alteración —sea idiomática, temporal o de escenografía— se somete al escrutinio inmediato de un público y una crítica implacables. Incluso decisiones aparentemente técnicas, como la transición de un escenario a la italiana a la amplitud de un teatro griego, conllevan consecuencias drásticas sobre el ritmo y la recepción de la obra.
Si a esto le añadimos el universo del teatro musical de Bertolt Brecht, la dificultad se multiplica por diez. Negociar los derechos de texto y partitura por separado implica someter la propuesta a la rígida aduana de sus herederos. Legendario —y temido por las compañías de todo el mundo— es el celo de la albacea de Kurt Weill, célebre por no permitir la alteración de un solo acorde.
Por todo ello, constituye ya un triunfo de partida que una directora de firma tan personal como Marta Pazos haya logrado articular su visión de esta ópera. Su propuesta estética es deslumbrante: los personajes despliegan un vestuario y un maquillaje desbordantes que los caracterizan como palomas —las omnipresentes «ratas del aire»—, envolviendo el texto brechtiano en una atmósfera de perturbadora belleza.
La trama, inspirada libremente en la picaresca del Londres victoriano, sigue el vertiginoso romance entre el infame Macheath (encarnado con solvencia por Nao Albet) —el inmortal Mack the Knife— y la hija del líder del «sindicato de los mendigos». El elenco, enmascarado tras una caracterización tan densa que diluye las individualidades en favor de una potente cohesión coral, defiende con maestría un texto cuya brillantez permanece intacta.
Estructurada en dos actos, la función rompe la cuarta pared de forma literal desde el primer compás. A partir de ahí, la dirección de Pazos encadena un despliegue inagotable de recursos dramáticos y soluciones plásticas que mantienen a la sala en constante tensión poética.
Un arranque magnífico para la programación del Teatre Lliure en el marco de su 50.º aniversario.






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